A través del cristal
Todos vemos al mundo a través de los ojos de nuestra formación. No lo vemos con ojos neutros, objetivos, sino con ojos que portan la carga de nuestra cultura y nuestro pasado.
Un amigo me dijo, a su regreso de Europa, que todo estaba lleno de ríos sucios y de edificios viejos, y que estaba decepcionado. Ante sus ojos carentes de contexto, poco podían significar Stonehenge o del Río Sena, las ruinas de la Acrópolis o el esplendor de Notre Dame.
En contraste, mi hermano Humberto ha ido un par de veces a Europa, y en cada ocasión regresa con el ojo brilloso y el espíritu renovado: gracias a su morral cultural, él puede ver en cada edificio, monumento o rasgo geográfico, el peso de la historia.
Me recuerda lo que se supone dijo un inglés cuando alguien se burló del Támesis, comparándolo con los anchurosos ríos de Estados Unidos. "Mi estimado -dijo el británico-: el Támesis no es un río. ¡Es historia líquida!".
Pero como dijo Campoamor, nada es verdad ni es mentira. Aunque yo pienso más como mi hermano, también entiendo a mi amigo, y sé que él, gracias a su perspectiva, ve cosas que mi hermano quizás no advierta.
Por ejemplo, mi amigo pudo contarme con más fidelidad qué hacen los jóvenes de Roma o de París, cómo es el pulso de la vida. Las perspectivas de ambos no se excluyen entre sí.
Dos cristales comunes a través de los cuales vemos la realidad los constituyen dos ámbitos fundamentales del saber humano: la ciencia y la religión. Los científicos, gracias a su preparación, ven un mundo formado por secuencias de causas y efectos, una inmensa matriz de relaciones en la que es posible, usando la razón, identificar las causas a partir de los efectos. Ven un universo físico.
Los creyentes, movidos por la fe, ven al mundo como un repositorio de almas en formación, como una enorme matriz de espíritus que, cada uno a su manera, buscan explicaciones no sobre los resortes de la vida, sino sobre su finalidad, su propósito, su destino final. Ven un universo metafísico.
Igual que en el primer caso, en el del científico y el creyente no hay una exclusión obligada. La perspectiva científica y la religiosa no están peleadas per se, como lo prueba el que muchos científicos tengan en su vida un lugar para la religión.
Debo decir también que en lo particular mi cristal tiene un sesgo científico; pero no desdeño la óptica religiosa. Durante mis años, que ya hacen bulto, he conocido a muchas personas de fe, y sé que la religión es un buen medio a través del cual muchísimos encuentran la paz.
Pero somos una especie controvertida, peleonera, llena de contradicciones. Withman dijo: "Soy inmenso, contengo multitudes". También he conocido gente de fe que adopta posiciones radicales, y científicos que desprecian la voz de quien basa su vida en la fe.
Habiendo pues gente de toda laya, lo cierto es que cada quien elige cómo encarar el misterio del universo. Algunos se entregarán en manos de un dios y eso los dejará satisfechos; otros buscarán sin parar los resortes de ese universo, y en la búsqueda encontrarán satisfacción.
Me parece perfecto, y como yo creo en el valor de la civilidad y el diálogo continuo, no puedo sino sentirme feliz por las palabras del cardenal Paul Poupard, que este jueves tendió desde la fe un formidable puente hacia la ciencia y la razón, con palabras que deberían atender quienes no quieren pensar en que también el cristal de la razón ve maravillas.
Horacio Salazar
05/11/2005





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