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Un miedo de pilón

miedo

Cada día, los servicios noticiosos alimentan fielmente nuestra paranoia recetándonos el estatus más actual de la gripe aviar, que de manera lenta pero implacable se esparce sobre el continente europeo.

Un funcionario de salud dijo que ya no se trata de una epidemia sino de una pandemia. No es correcto: en todo caso, lo que empezó como una epizootia sería una panzootia, una enfermedad animal extendida ampliamente en el mundo.

Aclaraciones aparte, y más allá del hecho de que ya se trazaron escenarios en los que las aves migratorias cruzarán el estrecho de Behring para tomar una de dos rutas habituales en el continente americano y así propagar el virus H5N1 entre nuestros pollos y gallinas, el temor fundamental sigue siendo el mismo desde el principio: la posibilidad horrorosa de que el virus, gracias a sus mecanismos de adaptación, sufra de pronto alguna mutación favorable en el sentido de que le permita transmitirse con facilidad a seres humanos.

Si eso llega ocurrir, habrá que meternos todos debajo del colchón, porque sin duda el impacto sobre nuestras sociedades será cataclísmico. No sólo sobre Occidente; la que entonces sí sería pandemia se llevaría por igual a crédulos y a escépticos, a musulmanes y cristianos, a hombres, mujeres y niños sin distinción.

Tal es y ha sido siempre el juego de la vida: vemos pasar el tiempo que nos toque siempre en un delicado pero rudo choque de sistemas: bacterias, virus y otros patógenos éstán cada segundo buscando la puerta hacia nuestro interior, pero los sistemas defensivos de nuestro cuerpo los mantienen a raya.

Si el virus H5N1 muta y se hace fácilmente transmisible a humanos, no habrá tiempo para que nuestros cuerpos preparen sistemas de defensa: será como si los marcianos de La guerra de los mundos nos invadieran, pero esta vez no habría una solución simplista o milagrosa.

Si la historia es ejemplo, podría morir una porción considerable de la humanidad. Pero a este temor se suma otro. Nosotros, la gente de a pie, tenemos cierta responsabilidad. Pero los gobiernos y las entidades multinacionales tienen otra. ¿Están haciendo lo mejor para proteger al mundo de este flagelo?

A últimas fechas los comentarios indican que no, la coordinación no existe, que el virus se está propagando sin que se sepa a bien cómo lo hace. Hay pues un temor adicional: estamos enfrentando a un enemigo y nos falta el arma del conocimiento.

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