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¿Agua gratis?

Harold Morowitz

Varios de mis amigos querrán cruficarme si leen esto, y pasaré por siempre jamás a las filas de los condenados. Porque resulta que en el asunto del agua, me inclino por el lado oficial, y creo que los mexicanos debemos pagar más por el líquido para así permitir que se construya una infraestructura propia de un país decente.

Leí que el líder del Movimiento Urbano Popular, Cuauhtémoc Abarca, soltó una sentencia ingeniosa: "Ponerle una tarifa al agua es como ponerle precio a la vida". Con esto como excusa, miles marcharán hoy por las calles capitalinas pensando que le hacen un favor a la humanidad y que son muy nobles porque piden que el agua, como la vida, sea gratis para todos. ¡Maldito gobierno que quiere convertir el agua en mercancía!

Pero la vida no es gratis. Vender tal idea es un truco barato para hacerse pasar por virtuoso. La vida cuesta, y nos consta que cuesta mucho. Y si la vida es costosa, ¿cómo imaginar que el agua, tan necesaria para vivir, no cueste también?

Hace años leí un ensayo de Harold Morowitz, en el que el autor, después de ver una postal en la que se decía que los elementos del cuerpo humano tenían un valor neto de escasos centavos de dólar, se puso a contar no a partir de elementos como hidrógeno y carbono, sino calculando a partir de los precios de hormonas, proteínas, enzimas.

Su conclusión fue que el cuerpo humano costaría, en materia prima, algo así como seis millones de dólares. Justo como el coronel Steve Austin, del programa homónimo. Pero luego agregó: Si esa materia prima queremos organizarla para formar células, el precio aumentaría a seis mil billones de dólares. Y si fuéramos más allá, si quisiéramos organizar las células para formar un ser humano funcional, no nos alcanzarían todos los recursos del mundo. "El ser humano no tiene precio", dijo Morowitz.

En ese sentido, sí, la vida no tiene precio, pero es porque la vida es una altísima organización, una complejísima estructura de costo inapreciable. ¿Y el agua? Como elemento vale poco. Los océanos están llenos de ella. Pero el agua que bebemos no es esa agua que está en el oceáno: hay que pasarla por procesos de recolección, filtrado, purificación y distribución.

En otras palabras, hay que meterle una organización que no tiene precio, pero porque es carísima. Y eso alguien tiene que pagarlo. Nosotros, como consumidores; sobre todo si queremos que el abasto sea confiable y el agua limpia.

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