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Ciencia inerme

El 18 de enero, el doctor René Drucker-Colín escribió en La Jornada un llamado de atención titulado “La ciencia no tiene quién la defienda”. El mensaje no presenta novedades importantes respecto a lo que se ha manejado en otras ediciones de esta columna, como no sea en el calibre del autor.

Entre los números que nos receta el coordinador de Investigación Científica de la UNAM, está el hecho de que esta institución es de las pocas que procura absorber año con año a los pocos recursos valiosos que egresan de carreras de ciencia.

Pero la precariedad de la situación queda patente en las propias cifras: la UNAM tal vez pueda contratar a unos 60 egresados, y en todo el país doctoramos cada año cerca de mil 500.

Esto contrasta, claro, con los 10 mil que produce Brasil y no digamos con los que puedan producir países más ricos.

Más números tristes: Estados Unidos, un científico por cada 237 habitantes; México, un científico por cada 8 mil 660 habitantes. Por no citar que nuestros científicos tienen que hacer auténticos milagros (racionales, por supuesto) para sobrevivir.

Drucker Colín habla de desatinos en el Conacyt, de diputados lampiños de ideas y cortos de visión y de entidades científicas mudas ante la situación. Se queda corto, claro, y sus adjetivos son tan apropiados como corteses.

La verdad es que más allá de algunas voces tipo Juan el Bautista, y fuera de algunos centros de excelencia movidos por la pila de individuos que son auténticos próceres (Excélsior publica un perfil de Ruy Pérez Tamayo, sin duda una luminaria pero insuficiente para contrarrestar las tinieblas de la tenebra política mexica), la ciencia en efecto está inerme ante la situación.

Pero el problema no es el que apunta Drucker Colín: no es que haya pocas voces, no es que la ciencia no tenga quién la defienda. Lo que ocurre es que las voces, los defensores, no tienen suficiente influencia para desviar el rumbo.

Nuestro país se preocupa más por Betty la Fea, por las piernas de Beckham o los chismes de La Oreja. Y gran parte de la clase política sólo se ocupa de despojar a nuestro pobre país. Es célebre la cita de un alto funcionario nazi: “Cuando escucho la palabra ‘cultura’, saco mi pistola”. Nuestro régimen, con su indiferencia, no se limitó a sacar la pistola: ha tirado a matar. Y no le importa.

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