“Eso, eso, eso”. Sicología, sociología y sexología en la vecindad del Chavo
“El Chavo del Ocho podría ser catalogado como un subnormal; sin embargo, por momentos demuestra brillantez y otros valores como la sinceridad y asertividad para expresar su posición ante los adultos sin temor y la capacidad para sobrevivir en una sociedad que parece estar dispuesta a destruirlo.” Carlos Ugaz Barbarán
Los sentimientos que despierta en quienes lo conocen –la inmensa mayoría del mundo de habla hispana– son extremos: unos lo adoran y se reúnen con su familia todas las noches para verlo y reír con sus aventuras, sin importar que de tan vistas hayan sido ya completamente memorizadas; otros lo desprecian profundamente, prohíben de manera rotunda que entre en sus casas y castigan sin remordimiento a sus hijos ante cualquier intento de imitación vía gestos y lenguaje, no digamos ya si osan utilizar sus frases más características.
¿A qué se debe que un niño pobre, huérfano de ambos padres, hambriento casi todo el tiempo, torpe y no demasiado inteligente, despierte pasiones tan disímiles? Que en realidad se trate de un adulto disfrazado de un niño, que el supuesto niño viva sólo en la realidad de una serie de televisión y que nos refiramos a “El chavo del ocho” no ayuda a esclarecer el enigma; si acaso lo complica todo.
Psicólogos, sociólogos y sexólogos, entre otros científicos sociales, únicamente pueden aventurar, desde su propia área de competencia, posibles respuestas. Los detractores de “El chavo” y creaciones restantes de Chespirito/Roberto Gómez Bolaños lanzan contra él acusaciones de todo tipo; una de las más insulsas: que son programas para “retrasados mentales” -obviamente, a estos acusadores no les importa la corrección política- por el tipo de humor “de pastelazo” que ahí se muestra.
No obstante, en realidad la comicidad de “El chavo” se apoya en humor de muy diverso tipo: desde el basado en gesticulaciones de los personajes, pasando por la comedia “de situaciones” en las que una confusión da pie a múltiples enredos, hasta el uso del lenguaje y de los múltiples significados de una palabra dependiendo de su contexto.
Para algunos, “El chavo” es una mala influencia para los niños porque su protagonista es un vago; sin embargo, ¿lo sería si tuviera un mejor lugar para vivir que un barril, con personas que se interesaran en su bienestar, que le dieran, sino una torta de jamón de vez en cuando, por lo menos los medios para ganársela? Tal vez, para muchos de sus acérrimos enemigos, lo más chocante del programa es ese travestismo de los actores adultos representando papeles de niños y actuando en verdad no como niños, sino como la gran mayoría de nosotros actuaría sin libreto si se nos pidiera que imaginásemos que somos niños de nuevo.
El Chavo no es Peter Pan. No es un niño encerrado en el cuerpo de un adulto que se negó a crecer. El Chavo es un adulto que exagera en su representación de un niño, porque tanto Chespirito como los actores y el público están de acuerdo de antemano en jugar a que lo que ven son niños, sin importar la abrumante evidencia física que lo niega.
Para el escritor cubano Severo Sarduy, los travesti no son hombres que quieren parecer mujeres: son personas que asumen, de manera exagerada, el disfraz del otro género para desaparecer y convertirse en “el otro”. Para William Anthony Nericcio, especialista en estudios de estereotipos latinos en la cultura de masas estadounidense, el travestismo no se limita a asumir el papel del otro género.
En un artículo publicado en el Iowa Journal of Cultural Studies en el 2004, Nericcio afirma que el Chavo es también un ejemplo de travestismo, en el que lo que se apropia de una edad, ya no de un género, que no es la propia. Si algún lector pensó en Chabelo, seguramente no fue el único, pero Estados Unidos también tiene su propia gama de personajes y, como muestra, sólo hay que rentar la película que sobre el personaje Pee-wee Herman filmó Tim Burton en los inicios de su carrera. Nericcio va más allá y postula que para más de un televidente es placentero –con toda la carga sexual que pueda contener el adjetivo– observar a un hombre vestido como niño y actuando como tal.
Aquellos que aborrecen todo análisis que tenga que ver con sexualidad y búsqueda de contenidos inconscientes a la manera freudiana, quizás se sientan más a gusto con el análisis que sobre “El chavo” expone Gerardo Mora Navas en un capítulo del libro Derecho a solidarizarse. Para Mora, “El chavo” es emblemático de nuestra “cultura de la pobre”, pues eleva el fracaso y ser pobre –como todos en la vecindad, con excepción posible del Señor Barriga- a categoría de virtud. “Es una cultura del perdedor que desencadena sentimientos de identificación en la mayoría de la población”, prosigue Mora.
Si estamos de acuerdo con Mora, ¿cómo separar a quienes comparten con el Chavo y los habitantes de la vecindad ese sentimiento de fracaso de aquellos que ven, simplemente, un reflejo de su propia miseria? Toca ahora el turno a los admiradores de “El chavo” y de Chespirito, entre quienes se incluye el historiador Enrique Krauze y el presidente de Cataluña Jordi Pujol, quienes no podrán estar más de acuerdo con el psicólogo Carlos Ugaz, quien en un artículo publicado en dispersión, Revista Electrónica del Instituto Psicología y Desarrollo, no duda en decir: “Que el Chavo sea una genialidad es una consecuencia lógica, pues su creador es un genio.”
A pesar de que ninguna de las familias que constituyen la vecindad del Chavo está conformada a su vez por lo que la ortodoxia y varios libros de texto señalan –esto es: padre, madre e hijos, como “célula básica de la sociedad”, para citar las palabras de uno de esos libros-, Chespirito nunca intentó dar lecciones de moralina, casando, por ejemplo, a Doña Florinda y al Profesor Jirafales para que con Quico aparecieran como el caso a imitar.
Sin decirlo abiertamente, de Don Ramón podría sospecharse que sus actividades no fueran siempre del todo lícitas. Cada uno de los personajes carga con su propia patología que, de contar con dinero suficiente y de vivir en algún país como Estados Unidos, seguramente daría de comer a más de un psicoterapeuta, pero que en México y el resto de América Latina nos produce risa.
Como muestra, para Ugaz Quico sufre de enuresis nocturna, presenta conductas ritualistas y pensamiento mágico y tiene un fuerte complejo de Edipo no resuelto con el Profesor Jirafales; la Chilindrina exhibe una personalidad histriónica y no es correspondida en sus sentimientos por el Chavo; Doña Florinda vive enamorada platónicamente del Profesor Jirafales y tiene una personalidad sádica; Doña Clotilde es muy sensible en el fondo, pero está excesivamente reprimida y el Señor Jirafales tiene una personalidad narcisista, es un personaje ridículo aun en su manera de vestir y refleja al profesional mediocre que no puede lograr grandes cosas en la vida pero que presume de ellas.
En la gran mayoría de los episodios de “El chavo” –si no es que en todos- Chespirito bromea con la ambigüedad de las palabras y con los múltiples significados de ellas. Algunos son fáciles juegos de palabras, pero otros no. Llama la atención que nada de esto lo salva en el balance que sobre él han hecho varios de sus críticos.
Si el lector se cuenta entre ellos, una vez leído este artículo, ¿esperará con impaciencia el día de visita a la conocida vecindad o, por lo menos, sonreirá la próxima vez que un niño haga suya la fulminante explicación del Chavo: “fue sin querer queriendo”? Apostemos por el sí.
Luis Javier Plata
25/03/2007





Enviar un comentario nuevo