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La intérprete. Temple Grandin, autismo y etología

Temple Grandin

“(Mi libro) es diferente de cualquier otro libro que haya leído sobre animales, mayormente debido a que soy diferente de cualquier otro profesional que trabaja con animales. Los autistas pueden pensar de la manera en que los animales piensan.” --Temple Grandin, Animals in translation

En la literatura universal, una de las revoluciones más famosas -aquella conducida y traicionada por Napoleón (el cerdo, no el personaje histórico), y narrada por George Orwell en Rebelión en la granja- pudo haberse evitado por completo si el señor Jones, propietario de una granja en la que los animales vivían en condiciones denigrantes, hubiera conocido a Temple Grandin, especialista en comportamiento animal que, como ella misma señala, se distingue de todos los etólogos y veterinarios del mundo entero, pasados y presentes, por el hecho de ser autista.

Mencionar su condición de autista en el caso de Grandin no es una curiosidad ni conlleva la intención de ejemplificar una historia personal de éxito de alguien que, a pesar de ser distinta a las demás personas, ha conseguido convertirse en una investigadora que a la fecha cuenta con más de 300 artículos y cuatro libros publicados, uno de ellos con gran éxito entre la comunidad científica y el público en general.

O, en todo caso, no se trata exclusivamente de esto, dado que para Grandin su autismo ha representado una ventaja imposible de igualar para el resto de nosotros pues, como ella misma señala, los animales y los autistas piensan de la misma manera: en imágenes, lo que contrasta con el resto de los humanos, quienes aplican su capacidad de abstracción no sólo en sus pensamientos, sino también en sus percepciones sensoriales.

Los humanos tenemos una visión panorámica, en la que omitimos por lo común los detalles, y generalizamos de manera rutinaria. Todo lo contrario de las demás especies con las que compartimos nuestro mundo.

Un perfecto ejemplo de nuestra incapacidad de desintegrar el torrente continuo de estímulos que nuestros sentidos reciben es el dado por los resultados de experimentos realizados por la NASA en simuladores de vuelo.

Se ha comprobado que, si en el programa de simulación se incluye un elemento extraño que los pilotos comerciales jamás esperan ver en la vida real, como un avión atravesado precisamente en la pista en la que está por aterrizar, un cuarto de ellos ha aterrizado sobre este avión virtual.

Nuestros sistemas de percepción están diseñados para ver únicamente aquello que por nuestra experiencia y aprendizaje esperamos ver. Los detalles son despreciados por nuestro cerebro.

Que nuestra facilidad para la generalización no es compartida por los animales es evidente cuando a la perra Yen se le enseña que no debe morder a Juan, hijo de Roberto y Sandra, lo que no le permite concluir que tampoco debe morder a Leonardo, hijo de Eduardo y Perla. Es por esta razón que, para entrenar a los perros lazarillos, es indispensable que éstos sean enseñados en calles, cruceros y avenidas de la mayor diversidad posible.

“Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como pegados y casi sin movimiento.” Es así como el escritor Esteban Echeverría describía un matadero en su cuento del mismo nombre.

Gracias a Temple Grandin, casi la mitad de los mataderos en Estados Unidos no pueden ser caracterizados así. Uno de los mayores logros de Grandin ha sido convencer a los criadores de pollos y de ganado mayor y menor de las ventajas de implementar la lista de observaciones que ella ha creado con la finalidad de permitirles reducir al mínimo su sufrimiento durante toda su vida anterior a su sacrificio para consumo humano.

¿Por qué querría el dueño de cien cabezas de ganado invertir un centavo en mejorar la calidad de vida de sus terneros? La respuesta puede estar totalmente desprovista de toda valoración moral o ética: cuando un animal-sea de la especie que sea- está bajo estrés, su sistema inmunológico se deprime, el animal gana menos peso y ello significa que habrá menos carne que vender y, por último, menos ganancia. En el caso de las vacas, la producción de leche disminuye. Posiblemente las últimas razones fueron suficientes para convencer a McDonald’s en 1999, y a granjeros y ganaderos de Estados Unidos, Canadá, Europa, Australia, México y Nueva Zelanda, de construir corrales e instalaciones diseñadas por Grandin para el manejo del ganado.

En Animals in translation (“Animales traducidos”, aún no publicado en español), Grandin advierte de los múltiples riesgos asociados a la crianza selectivamente controlada de especies con la finalidad de incrementar o reducir un rasgo en particular, como la tasa de crecimiento –para reducir los costos de mantenimiento y el tiempo necesario para su venta como carne– o la masa muscular –para incrementar el porcentaje de carne por animal–.

El problema con este tipo de crianza de una sola característica es que otros rasgos terminan cambiando también, de manera involuntaria e indeseable. Así, aunque parezca una leyenda urbana, es totalmente cierto que hace algunos años la industria avícola consiguió obtener pollos con pechugas enormes –en comparación con los pollos normales– que, con el tiempo, dieron lugar a pollos con pechugas de un tamaño y peso tal, que hacía imposible para estas aves sostenerlas.

Una gran mayoría de estos pollos pechugones eran incapaces de caminar, y en algunos sus patas se curvaron. Por si fuera poco, un estudio mostró que estos pollos elegían alimentarse con comida de horrible sabor –desde el punto de vista del pollo–, pero con analgésicos en ella, en lugar de con su comida usual, lo que evidenciaba que estos pollos sufrían debido a su estado.

Aunque poco menos que invisible, pero no menos grave, es el caso de la crianza selectiva de los perros de raza collie: como una cabeza afilada es un rasgo deseable en ellos, con el paso de las décadas se ha logrado pronunciar esta característica, lo que a su vez ha ocasionado que la capacidad craneal de estos perros disminuya significativamente.

En conclusión: estos perros son unos estúpidos en comparación con Lassie o con cualquiera de sus antepasados de no hace demasiado tiempo. Y ya que de perros hablamos, Grandin nos recuerda una lección que desde primaria conocemos: todos los animales somos depredadores o presa de estos.

El comportamiento de los animales que cazan es muy distinto al de las presas y, aunque nadie enseña a un perro cómo cazar, sí es necesario que este aprenda qué cazar. Es por esta razón que los entrenadores de grandes depredadores, como leones y tigres, jamás deben permitir que éstos se den cuenta de su capacidad para dominar y matar. Un león tiene que ignorar por completo que de un zarpazo puede deshacerse de su entrenador, y este último no debe realizar movimientos repentinos que activen la respuesta instintiva del león de cazar/atrapar/matar presa.

Si de perros hablamos, Grandin señala que nuestras mascotas no deben por ningún motivo asumir que son el animal dominante, el alfa, de la familia. Que el perro Roñas aprenda quién está al mando es, por mucho, la principal razón de que se le enseñe a hacer algún truco -sin importar que este consista en dar la pata, hacerse el muerto o saltar un aro-. No es sorpresivo enterarnos que en muchos casos el alfa es la mascota de la familia y, si alguien no lo cree, que intente quitar de su sofá favorito al gato consentido de su vecina.

Gracias a Animals in translation podemos enterarnos de que no todo está perdido para la gran mayoría de nosotros, que no somos autistas. Que el mejor amigo del hombre lo haya sido, como indican pruebas recientes, durante más de cien mil años –y no durante catorce mil, como se creía en un principio- ha generado cambios tanto en ellos, nuestras mascotas, como en nosotros.

Un perro observa continuamente el rostro de su amo cuando éste le habla, lo que jamás hará un lobo amaestrado. Como en toda relación larga, perros y humanos hemos aprendido a comunicarnos sin necesidad de palabras.

Gracias a personas como Grandin, tenemos esperanza de que, algún día, podamos entender mucho más de lo que chimpancés, delfines, pericos y peces quieren comunicar. Y, como todo experto en relaciones sabe, la buena comunicación es el primer paso para una buena convivencia.

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