Poquita fe
Como en la canción, mi pobre corazón se ha quedado “con tan poquita fe”. Y hay razones suficientes para ello. Va el cuento.
En mis remotos días de infancia, mis hermanos y yo íbamos a la iglesia acompañando a nuestra madre. Era una experiencia feliz e inocente. En aquellos tiempos yo veía a toda esa gente con tanta fe y tan buena que sentía cierta desazón. Me preguntaba cómo le hacían para creer y me maravillaba su entusiasmo perenne.
Con los años, aquella inocencia se disipó y vi detrás de las sonrisas y el entusiasmo otras características un tanto menos, ejem, cristianas, hasta que comprendí que aquella comunidad era como tantas otras: un lugar donde lo mismo había personas buenísimas que villanos enmascarados. Casi como en una telenovela.
Aquel desencanto se fue empatando con el conocimiento y el aprendizaje de tanto libro que devoré en mis años mozos, de suerte que a fin de cuentas la religión quedó atrás, pero siempre he guardado mucho respeto por la gente que cree, sin importar de qué religión sea, y también mucho respeto por la gente que no cree, sin importar cuáles sean sus causas.
La semana pasada, cuando vi por encima parte de la información sobre el escándalo de pederastas en la arquidiócesis de Los Ángeles, leí el argumento de que el cardenal Roger Mahony había llegado después de los hechos relatados, y las fotos del clérigo con cara de aflicción me hicieron pensar: “Pobre: le tocó bailar con la más fea”. A mí no me gustaría tener que dar la cara por docenas de curas abusivos ante los padres y madres de tantos y tantos niños. Creo que a nadie.
Pero he aquí que a pesar de mis canas (y mi calva), todavía peco a veces de ingenuo. Pero como dice el Evangelio, “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.
En este caso encontré la verdad en la completísima cobertura que ha hecho el diario Los Angeles Times de todo el caso, una cobertura de años. Ahí supe que el cardenal protegió a varios curas pederastas moviéndolos entre parroquias como piezas de ajedrez, pero sin avisar a las familias de su grey de que había lobos sueltos.
Mahony se dijo muy afligido y pronunció palabras de disculpa y perdón, pero su historial demuestra más apego a los abogados que a sus feligreses, más solicitud hacia los curas que hacia las víctimas de sus abusos y más capacidad para escurrir el bulto que una anguila. Con pastores así, cualquier oveja tendrá, por fuerza, poquita fe.
Horacio Salazar
18/07/2007





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