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¿Dónde están los maestros?

El jueves pasado, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos publicó una renovada edición de un pequeño pero importantísimo libro titulado Ciencia, evolución y creacionismo. Fue hijo del trabajo de un comité encabezado por el biólogo Francisco J. Ayala, de la Universidad de California en Irvine, y por decirlo en breve, el volumen defiende con firmeza que la evolución debe enseñarse en las escuelas públicas como el principio fundamental de la biología moderna.

El texto también censura y critica duramente los intentos continuos y molones de introducir, bajo distintas guisas y con una hipócrita presunción de equilibrio, nociones religiosas sostenidas por grupos fundamentalistas tan ricos y poderosos como ignorantes.

Pero el volumen no es una declaración de guerra contra la religión: “La ciencia y la religión”, concluye el prefacio, “son diferentes maneras de comprender el mundo. Ponerlas innecesariamente en oposición reduce el potencial de cada una de ellas para contribuir a un mejor futuro”.

Un día antes, la Revista de la Federación de Sociedades Estadunidenses de Biología Experimental había publicado un texto parecido suscrito por la Coalición de Sociedades Científicas, que agrupa a 17 entidades de investigadores pero también de maestros.

Este documento recalca el rol primordial que tiene la propia comunidad científica para propagar ideas tan centrales como la teoría de la evolución. Además, una encuesta que encargó la coalición para captar la disposición del público hacia la ciencia reveló que la ciudadanía tiene un alto grado de confianza en los científicos, pero también en los maestros de ciencias.

“Si nuestro país ha de continuar desarrollando el talento necesario para avanzar la investigación científica y médica”, concluye, “debemos asegurarnos de mantener estándares elevados en la educación científica y de que no tengan éxito los intentos por introducir en las clases de ciencia cosas que no son ciencia”.

En un comentario, la revista Nature pide un triple hurra para la Academia Nacional de Ciencias, y lanza un reto: de aquí al aniversario del bicentenario de Darwin (el 12 de febrero de 2009), toda instancia que tenga algún interés por la credibilidad de la evolución debería difundir evidencias a su favor.

En México necesitamos un reto parecido para la enseñanza de la ciencias. ¿Están nuestros maestros a la altura del reto?

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