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El fin de la guerra

By webmaster
Creado 07/24/2005 - 22:58
Horror en Vietnam

Las noticias difunden lo que pareciera una expansión de conflictos bélicos por todo el orbe. Irak, Sudán, El Congo, y aún no se digieren los bombazos en Londres ni se olvida el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York. Sin embargo, el reporte Paz y conflicto 2001, del Centro para el Desarrollo Internacional y la Gestión de Conflictos -proyecto de largo alcance dedicado a estudiar el fenómeno de la guerra en el mundo- apunta que la tendencia global durante los últimos 15 años es de cada vez menos conflagraciones armadas.

Miércoles 13 de julio de 2005. Bagdad. Un vehículo militar de Estados Unidos se acercó a una concentración de niños, y los soldados bajaron de la unidad para repartirles dulces. En un segundo el panorama cambió. Un conductor suicida se acercó a bordo de un auto cargado de explosivos y lo hizo estallar. El saldo: alrededor de 27 muertos, entre ellos una docena de niños iraquíes y un soldado norteamericano, y más de 70 heridos.

Las escenas mostrando humo, restos calcinados, llanto y sangre son el pan de cada día. Apenas hace tres días otro atacante suicida mató a 25 personas en un centro de reclutamiento. En este escenario en que la muerte es algo cotidiano, apenas resulta extraño el comentario del actor y cineasta Sean Penn, quien relató que durante unas lecciones de periodismo en el corazón de Bagdad, cuando la instructora usó el término "fosa común" en su explicación, un reportero iraquí rió: "Este país entero es una fosa común. Vivimos en una fosa común".

Pero Irak no es un ejemplo único: día tras día, noticieros y periódicos exhiben a los ojos del mundo masacres en Sudán, tensiones entre las dos Coreas, batallas étnicas en el Congo y otros empobrecidos países africanos. Todavía no se digiere el impacto de los bombazos en Londres; todavía no se olvidan las imágenes del atentado que derribó las Torres Gemelas de Nueva York. Pareciera que una fiebre de guerra estuviera invadiendo el mundo. Pero no es así. Todo lo contrario. Pese a los horrores de las noticias y a lo dramático de las escenas; pese a los vívidos detalles con que se cuenta el impacto del conflicto armado en el mundo, la verdad es que la guerra va rumbo a la extinción. Lo que vemos en los reportes noticiosos son las excepciones más sangrientas de una tendencia global que casi ha pasado inadvertida: que en los últimos 15 años, hay cada vez menos guerras en el mundo.

Tendencia clara a la paz

Los números y su análisis así lo corroboran. En 2001, Monty Marshall, director de investigación en el Centro de Política Global de la Universidad George Mason, y Ted Robert Gurr, profesor de Gobierno en la Universidad de Maryland (UM), lanzaron en el Centro para el Desarrollo Internacional y la Gestión de Conflictos un proyecto de largo alcance dedicado a estudiar el fenómeno de la guerra en el mundo. Ahí inventaron métodos y procedimientos, metieron a las guerras en un sistema de clasificación, examinaron la historia reciente del mundo y llegaron a varias conclusiones sorprendentes.

En primer lugar, aunque el número de conflictos armados aumentó hasta mediados de la década de los ochenta, a partir de 1991 no ha dejado de reducirse: en ese año contabilizaron 51 guerras en el mundo, acaso la cantidad simultánea más grande de guerras en la historia. Pero para 2000 sólo quedaban activos 26 conflictos armados. También hallaron que desde mediados de los ochenta, habían aumentado en firme varios factores que ayudan a reducir la probabilidad de guerra: prosperidad, democracia, estabilización de los gobiernos, pacificación formal organizada.

Marshall y Gurr publicaron estos datos en Paz y conflicto 2001, un reporte tan contrario a lo esperado que cuando quisieron presentarlo a funcionarios de Naciones Unidas, se rieron en sus narices. Repitieron el ejercicio en 2003 y en 2005, y a pesar de los hechos ocurridos entre 2001 y hoy -que incluyen los atentados de Al-Qaeda contra Estados Unidos, y las guerras emprendidas contra Afganistán y luego contra Irak-, la tendencia persiste: si en 2000 había 26 guerras, en 2002 quedaban 25, y a principios de 2005 sólo se contabilizan 20. El estudio más reciente dice que en 2001-2005 se iniciaron cinco nuevas guerras, pero en ese periodo otras 11 fueron suspendidas o terminadas.

"De acuerdo con nuestros cálculos, la magnitud general de la guerra global ha decrecido en más de 60 por ciento desde su máximo a mediados de 1980, cayendo a fines de 2004 a su nivel más bajo desde los 1950", apuntó Marshall.

Otro dato poco divulgado es que también el gasto militar global va a la baja. En un ensayo publicado en The New Republic, Gregg Easterbrook reveló que dicho gasto alcanzó su punto histórico más alto en 1985, cuando el planeta invirtió 1.3 billones de dólares en armamentos. De entonces a la fecha el monto ha caído, y en 2004 se ubicó en poco más de un billón de dólares; en 1985 el mundo invertía 260 dólares per cápita en armas, y la cifra se redujo a 167 dólares en 2004 (los datos son del Centro para Información sobre Defensa, grupo de investigación no partidista). De hecho, pocos países siguen aumentando su gasto en defensa, y uno de ellos es Estados Unidos, que a la fecha representa 44 por ciento del gasto militar mundial. Easterbrook apunta que de seguir la tendencia actual, pronto el vecino país gastará más en armas y soldados que todo el resto del mundo combinado.

Si todos estos resultados parecen ir contrarios a lo que muestra la televisión, es porque hoy nos informamos vía internet y tenemos noticieros de 24 horas. Los anuncios sobre el aniversario 25 de la cadena CNN muestran imágenes de ese cuarto de siglo, mayoritariamente escenas de guerra. Y sin embargo la cobertura total tiene apenas una generación. La guerra de independencia de Eritrea (1962-1991) casi pasó inadvertida a los ojos del mundo, al punto que los rebeldes dijeron a un periodista que esperaban ser vistos al menos por los satélites espía, para que alguien supiera de su lucha.

Razones detrás del cambio

¿A qué se debe este fenómeno de la declinación general de la guerra? Tanto Easterbrook como David Sands, que escribió un reporte sobre el tema en The Washington Times, coinciden en señalar que el factor más importante fue el fin de la Guerra Fría. Según Sands, "aunque Estados Unidos y la Unión Soviética nunca libraron una guerra directa" en este periodo, "muchos conflictos de baja intensidad y guerras civiles a menudo se libraron sin control durante décadas, con el aliento tácito de las superpotencias". Un ejemplo es el de Angola, en donde metieron la mano (y la cartera) Estados Unidos, Rusia, varios países regionales y hasta Cuba. La guerra duró desde 1975 a 2002, alimentada por recursos externos. Pero cuando el dinero y las armas dejaron de fluir, "los líderes de las facciones, a regañadientes, se sentaron a la mesa de conferencias", comentó Easterbrook.

Una segunda razón detrás del camino a la paz es que ésta ha sido buscada por medios más activos; en particular, por la acción de ejércitos que han actuado como "policías" para sofocar tensiones en países problemáticos. Tanto la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como los "cascos azules" de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tienen tiempo patrullando el mundo, con una factura del orden de tres mil millones de dólares. Y aunque la práctica ha tenido sus prietitos en el arroz, ha funcionado. Incluso la Corporación Rand, que parece ser pesimista por profesión, aceptó que en general los esfuerzos de pacificación de la ONU han tenido éxito.

Un tercer factor contra la guerra ha sido la propagación de la democracia, también evaluada en el estudio de Marshall y Burr. Los números son elocuentes: en 1975 apenas un tercio de los países tenía elecciones libres entre partidos; hoy son dos tercios los que lo hacen. En 20 años, alrededor de 80 países se unieron a las filas de la democracia. ¿Por qué? Según Easterbrook, "cada vez más, los líderes del mundo en desarrollo observan el hecho simple de que las naciones libres son las más fuertes y ricas, y esto crea un poderoso argumento a favor de la expansión de la libertad". Esto ya lo dijo hace mucho Abraham Lincoln, con palabras elocuentes: "La urna es más fuerte que la bala".

Otro factor valioso de importancia innegable es la actitud hacia los vencidos. En las grandes guerras de antaño, los países derrotados podían estar seguros de que su territorio sería arrasado o incluso repartido entre los vencedores. Pero desde el fin de la Segunda Guerra Mundial esto cambió, como lo evidencia el resurgimiento de Alemania y Japón. Y después de la Guerra Fría, países como la Federación Rusa y China han podido incorporarse con cierta facilidad a la comunidad internacional. Según Easterbrook, al no castigarse a los vencidos, no se cultivan generaciones de jóvenes enardecidos por la sed de venganza.

Un agente de cambio fundamental ha sido también la globalización y su acento sobre la economía como eje del diálogo entre países. Prácticamente todos los países actuales tienen la certeza de que lograrán más beneficios mediante el comercio y no a través de la guerra. Y aunque esto pueda generar otra clase de conflictos (un sistema de mercado muy turbulento) ciertamente aleja al espectro de la guerra.

La guerra, una idea extirpable

El principal teórico de la noción de que la guerra está en retroceso es John Mueller, profesor de ciencias políticas de la Universidad Estatal de Ohio. Autor de Retirada del Día del juicio (1989) y de Los residuos de la guerra (2004), Mueller sostiene que están en franca retirada todos los tipos de guerra, porque a diferencia de lo que sostienen otros teóricos, la guerra no es inevitable.

"La guerra", dice Mueller, "es simplemente una idea, una institución, como los duelos o la esclavitud, que ha sido injertada a la existencia humana. No es un truco del destino, un rayo del infierno, una calamidad natural o un desesperado giro en un guión soñado por algún titiritero sádico en lo alto". Y como institución, agrega, la guerra probablemente se desacreditará y se hará obsoleta, como ocurrió con otras dos instituciones antaño sólidas: los duelos a muerte y la esclavitud. Sus palabras hacen resonar aquella declaración con la que culmina Ortega y Gasset La rebelión de las masas: "La guerra no es un instinto sino un invento".

Si todavía quedan guerras de importancia en el mundo, agrega Mueller, es porque muchos países en desarrollo todavía no han solidificado sus estructuras, de modo que son incapaces de contener los conflictos étnicos o de atajar las acciones de grupos terroristas o simples bandas criminales. Algunos observadores predijeron que la India, con sus cientos de religiones y conflictos étnicos, se haría pedazos. Eso no está ocurriendo, pues el gobierno y las instituciones civiles se han profesionalizado y son hoy menos corruptos. "La guerra entre Estados está declinando sustancialmente; si las guerras civiles, las contiendas étnicas y la lucha entre ejércitos privados también declinan, la guerra puede ser extirpada de la experiencia humana", apunta Easterbrook. Y Mueller dice que "la construcción de un gobierno capaz es en última instancia el método más prometedor para el control de largo plazo, e incluso potencialmente para la erradicación de la mayor parte de los remanentes de la guerra".

La amenaza remota

La situación actual, pese a los medios, es una en la que las probabilidades de morir a causa de la guerra están en general en un mínimo histórico. Los cálculos de Mueller señalan que en el siglo XX, en el que vivieron unos 12 mil millones de personas, las guerras cobraron cerca de 200 millones de vidas, lo cual significa una probabilidad de 1 a 2 por ciento de morir por algún impacto bélico (esta es más o menos la misma probabilidad de morir hoy en un accidente de automóvil). Datos ilustrativos: según la Organización Mundial de la Salud, en el año 2000 la guerra fue responsable de unas 300 mil muertes. Se trata de una cifra elevada, pero su importancia se ve matizada cuando se piensa que ese mismo año murieron cuatro veces más personas en accidentes de tráfico: 1.2 millones de víctimas fatales. Hoy día, dice Easterbrook, "el mundo está en un periodo en el cual menos de la diezmilésima parte de su población muere en luchas en un año. La vasta cantidad de gente que no está siendo afectada por la guerra no tiene precedentes".

Todas las consideraciones anteriores no significan que el futuro será de color rosa. Ni de lejos. Aunque la guerra llegue a ser un fenómeno obsoleto de ocurrencia excepcional, otras acciones humanas seguirán existiendo, entre ellas el crimen y lo que Mueller llama la "depredación criminal". Lo mismo ocurrirá con el terrorismo. En una breve declaración por correo, el académico sostuvo que sus ideas sobre el fin de la guerra se mantienen a pesar de los hechos más recientes en Londres e Irak. "No sostengo que el terrorismo nunca ocurrirá otra vez. De hecho, puesto que puede ser ejecutado por individuos aislados o por grupos pequeños, siempre estará con nosotros (como el crimen). Y, por supuesto, la guerra y el terrorismo son dos cosas distintas".

Sobre este último punto, Mueller ha escrito un documento en el que plantea seis propuestas "más bien poco usuales" acerca del terrorismo. Asienta que éste en general tiene efectos directos limitados; que sus costos se derivan más bien del temor que produce y de los efectos de reacción que inspira; que parte del problema nace de la "industria del terrorismo", que comprende a quienes lucran con el riesgo y el miedo, incluyendo empresarios, políticos, burócratas y los medios que no presentan un cuadro equilibrado de la situación; que lo razonable para encarar el terrorismo sería implantar políticas económicas para atenuar el temor y la ansiedad entre la población; que después de un ataque terrorista la inacción podría ser la opción deseable, y que a pesar de las apariencias, la campaña mundial contra el terror avanza, y avanza bien.

Para la docena de niños muertos este miércoles en el ataque suicida de Bagdad, las consideraciones anteriores son escaso consuelo. Pero las tendencias globales ofrecen al menos una posibilidad optimista que hace buena falta frente al cuadro de terror que muestran las noticias. Y como dijera Franklin, "nunca hubo una buena guerra o una mala paz".


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